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Luis Vicente García Giliberti: Las dos historias de un país!

 

9788484287360

La obra famosa de Charles Dickens “Historia de Dos Ciudades”, es una novela que se ubica en los albores de la Revolución francesa y comienza con unas de las más famosas palabras que han sido escritas y que a la vez son constantemente citadas en la literatura:

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo (Dickens, Charles. Historia de dos Ciudades. Publicado por capítulos, Primera Edición 1859).”

Palabras muy sabias plasmadas con sabiduría en 1859 por uno de los más famosos escritores de la literatura inglesa; palabras que relatan el inicio de una novela histórica en la cual se narra la vida durante el siglo XVIII en la época de la Revolución francesa. Cuando Dickens se refería a “… aquella época era tan parecida a la actual…” quizás no imaginaría lo impactante que sería esa introducción cuando la traemos al contexto de la Venezuela actual, la de 2016.

Hoy vemos como Venezuela quizás está viviendo una mezcla de estas sabias palabas; estamos en el mejor de los tiempos – si lo vemos en lo que ha significado el advenimiento de la era digital y la era del conocimiento para el desarrollo mundial. Estos hubieran podido ser quizás el “mejor de los tiempos” para nuestro país en cualquier otro momento y circunstancia. Una cosa si es cierta, vemos que los temas de crecimiento, desarrollo y progreso han sido realidades que vienen sucediendo en el mundo fuera de nuestras fronteras.

Por otro lado, estamos sin ninguna duda en el peor de los tiempos que ha vivido nuestro país en toda su historia; un país afortunado, lleno de riquezas naturales, con privilegiada ubicación y con grandes talentos, sobre todo en lo humano; pero un país a la vez que ha sabido perder los mayores recursos y el mejor de los tiempos que nos ha podido dar la providencia. Una abundancia ficticia que poco a poco se transformó en despilfarro, equivocaciones y facilismo, tan solo por mencionar algunas características. En un mismo momento, como decía Dickens, vivimos en una edad de luz, pero también de locuras, tinieblas y desesperanza.

Era quizás impensable hace tan poco unos años que uno pudiera entender tan solo la parte superficial de la crisis que vivimos en nuestro país. Una crisis que va más allá de la simple definición de la palabra y que lamentablemente reúne una serie de factores socio-económicos, políticos, morales y éticos, de valores y principios, que nos han envuelto en la realidad de lo que vivimos hoy día, algo inexplicable.

Difícil de comprender, por ende, que hasta el 2015 Venezuela estaba situada entre los países más felices del mundo, como por ejemplo No. 9 en el Happy Planet Index del 2012; o que fuese además el país más feliz de más feliz de América del Sur 2013 del World Happiness Report preparado por el U.N. Sustainable Development Solutions Network, publicación que sin embargo para el año 2016 ubica al país en el puesto No. 44 en el ranking de los 157 países analizados en la muestra (http://worldhappiness.report/); puesto sin embargo todavía parecería elevado.

Pero a la vez, para el 2016, Venezuela ha sido catalogada como al país más miserable (El estudio indica que la “miseria” de una nación se calcula por la relación que resulta de sumar las tasas de desempleo, inflación con la tasa de interés de los préstamos bancarios y dividirlos entre el cambio porcentual del PIB Real.) del mundo, esta vez por tercer año consecutivo, en el estudio realizado por el Cato Institute con información analizada del Economist Intelligence Unit, como lo reportaron a principios del año varios artículos a nivel mundial (http://www.businessinsider.com/misery-index-cato-institute-2016-1). Es de allí que nos debatimos entre la guerra y la paz, entre el estar ente los países más felices del mundo siendo a la vez el más miserable del planeta. Como mencionaba recientemente en una corta intervención que tuve la oportunidad de dar ante un grupo de estudiantes: “En el ínterin aprendemos que si podíamos estar entre los países más felices del mundo pero ser a la vez el más miserable del planeta, ya que entendemos que el contínuum de la felicidad y la infelicidad no son una sola línea sino dos mundos diferenciados y que se mueven en ámbitos paralelos diferentes.”

Son dos realidades de un mismo país en un mundo tan lejano a lo que pudo haber sido; dos situaciones que se debaten hoy entre la vida y la muerte de un país en su totalidad, que lejos de unirse con una gran visión de país, se siguen viendo reflejados los personalismos que nos ha deparado la historia y no la unión en función al desarrollo y al progreso que ha unido a sociedades completas y a países muy diversos, bajo una misma visión.

Lo que viene en el futuro, como en todos los casos, está todavía por escribirse y como dicen los filósofos, el tiempo determinará las acciones que darán paso al curso de la historia. Hoy podemos borrar el pasado e iniciar un nuevo futuro; pero quedan las heridas de una historia que no se olvida en el corto plazo; historias por desarrollar que serán escritas por los aconteceres de un país sumido en la miseria y la mediocridad unidas como para llegar a ser considerados como el país más miserable del mundo, de nuevo.

Es por ello que inicio estas palabras con aquella historia de dos ciudades, debatida entre el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos, la cual para mí sin duda es hoy la historia de un país, mi país, Venezuela.

Quizás todavía hay tiempo; tiempo para rescatar parte de ese futuro que pudo haber sido, aunque el tiempo de la frase sea algo así como un pasado muy distante. Hacen falta cordura, sinceridad, honestidad, ética, valores y propósito, todos con visión compartida; hace falta sentido común que al parecer se ha desaparecido. Hacen falta las ganas de cambiar el presente siendo agente de cambio, donde el hablar y escribir de temas diferentes nos permita conversar de optimismo, futuro, valores, visión y describiendo temas de desarrollo, crecimiento y evolución, esa que va sucediendo en el mundo en tantos frentes que sería difícil enumerar en estas cortas líneas.

El mundo está entrando en la cuarta revolución industrial, llena de cambios, retos y oportunidades. A veces siento que nosotros como país y como sociedad seguimos en la edad media. ¿Será que todos unidos lograremos superar estos grandes obstáculos y crear ese futuro que tanto nos merecemos? Esta gran responsabilidad es de todos hoy. Ojalá no la desperdiciemos!

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