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CARLOS ROSALES – ECHARSE A LLORAR O VENDER PAÑUELOS

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A lo largo de estos últimos años, han sido diversas las conferencias que nos han solicitado, así como muchos los clientes en nuestro trabajo como consultores y coach que han requerido, recibir programas con información relacionada al manejo de crisis, de las ventas en tiempos de crisis y otros aspectos similares. Es decir, son muchas las empresas que han demostrado un enorme interés en formar a su personal y a sus colaboradores internos en el manejo de la palabra más repetida de estos años en nuestro país: crisis.

Eso nos llevó a concluir que la mejor manera de encarar la crisis (por definición, todo aquello que no se puede prever y que, en la mayoría de los casos, resulta inesperado) es tratando de disponer la mayor cantidad de herramientas posibles.

Pero, al margen de esa definición, sería interesante que nos preguntásemos: ¿Qué es una crisis? ¿Cómo interpretarla en el contexto de esa definición? Sintetizando entre las variadas definiciones que ofrecen diversos autores al respecto, podemos concluir que crisis se puede entender como el advenimiento de cambios sin herramientas. Esto es: un cambio en las condiciones cotidianas para el que no estábamos preparados.

Esto lo podemos ver en esa etapa de los seres humanos entre los diez y los quince años en que se llena de cambios para los que no sólo no estaban preparados, sino que además suele ocurrir que los padres y adultos que rodean a esas personas en ese momento de su vida, suelen ofrecer poca información de los cambios físicos, hormonales, anímicos, que van a comenzar a experimentar. El resultado inevitable de esta etapa de cambios sin preparación es una crisis. Y, en efecto, la adolescencia suele venir acompañada de una de las primeras épocas de crisis que nos toca experimentar en nuestras vidas.

No cabe duda de que si en el hogar se ofreciese información acerca de los cambios que se van a experimentar, los individuos que se verán sometidos a esos cambios al menos gozarán del privilegio de tener información que les permitirá prever esos cambios, que si bien igualmente producirán angustia, al menos tendrán la confianza de poder preverlos, debido a que obtuvieron la información que les permitirá entender la etapa que comienzan a experimentar en sus vidas.

Y así, a lo largo de nuestras vidas, tendremos otras épocas de cambios bruscos para los cuales podemos no estar preparados. El fin de nuestra etapa de estudiantes, el matrimonio, la pérdida o el cambio de un empleo, una ruptura amorosa, la muerte de un ser querido, la jubilación… La vida es un camino en permanente modificación. Porque estamos vivos, esos cambios no se pueden eludir. Algunos, incluso, suelen ser inesperados. Pero sí podemos tratar de prepararnos para los cambios que puedan preverse. Prepararnos para facilitar la adaptación.

Podemos concluir, entonces, que hay personas que viven los cambios en crisis y hay personas que se preparan para ellos y se adaptan. Son las personas que ven oportunidades en los cambios y las aprovechan a su favor.

Son las que, entre echarse a llorar y vender pañuelos, optan por lo segundo.

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